Una serie de estas obras abordan las partes ocultas de nuestra identidad a través del prisma de las creencias religiosas, que en un grado u otro se encuentran en lo profundo del laberinto de nuestra conciencia. Por analogía, el artista nos dice que una persona es un recipiente, una especie de contenedor de experiencia, conocimiento y preconceptos, nacido del polvo de estrellas, como todo lo que nos rodea. Cada uno de nosotros es único e imperfecto, al igual que cada una de las jarras. Depende de nosotros cómo llenarnos, pero todos estamos sujetos a la influencia del entorno. Todas las jarras están interconectadas, crean una composición común y se comunican entre sí a través del color, la luz, absorbiendo y reflejando en sus superficies imágenes de otras jarras y del entorno. El mundo está abierto frente a nosotros, en algún lugar está habitado y bien estudiado, en algún lugar hay naturaleza intacta por el hombre, y en algún lugar se pueden ver nuevos asentamientos junto a ruinas antiguas. En el mundo del futuro, una persona siempre tendrá manchas blancas en los mapas, tanto de la tierra como del espacio.
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